El Viaje
–Dime que me quieres –pidió ella.
–Te amo –respondió él, y por un momento sintió que vacilaba–. Te amo con todo el corazón.
–Yo te amo más –dijo ella, y sonrió–. Ahora podré irme tranquila.
–¿Por qué no puedes quedarte? –exclamó él y al fin no pudo más: las lágrimas se le agolparon en los ojos queriendo salir desesperadamente– ¿Por qué no hacer un esfuerzo y esperar? ¿Y por qué sonríes?
–Vida mía. El destino no puede cambiarse. No me voy porque así lo elijo, sino porque así tiene que ser –y agregó, enjugándole las lagrimas:– Me voy sabiendo que te amo, me voy sintiendo que me amas ¿Qué razones entonces para no reír? ¿Qué razones encuentras para llorar? –y con esto, él lloró aún más. Pero ella insistió: –¡No llores, por favor!
–No lloraré, si ese es tu deseo –y debió hacer un gran esfuerzo para no dejar caer otra lágrima.
–Recuérdame con alegría –dijo ella–. Eso, al menos, es lo que haré yo, esperando nuestro reencuentro. Y piensa que a cada momento, a cada instante que pase, menos faltará para que nos volvamos a ver. Ahora bésame.
Él la besó como nunca antes, y ella sintió que con aquél beso podría partir tranquila, y el corazón se le colmó de paz. Entonces dijo: –Bien, se acerca la hora de mi partida –y con gran esfuerzo agregó:–¡Te estaré esperando!
Esas fueron sus últimas palabras, pues allí, acostada en aquella cama de hospital, cerró los ojos por última vez, y no vio ni oyó nada más.
