Cuando Ramiro salió de su escondite detrás del armario, esta historia ya terminaba.
Si lo encontraban era el fin. ¿Por qué lo buscaban? Una locura, pensó, "pero no me van a hallar. Nunca, si es posible". Había recorrido sin éxito los pisos de abajo, no encontrando ningún escondite seguro. Mucha luz y nada de refugio. Llegando al 4º nivel, tuvo una corazonada; bien sabido es que cuando Ramiro tenía una corazonada rara vez se equivocaba. No dudó en entrar a la puerta C. Se encontró con una elegante oficina, vacía, oscura. Un escritorio y una computadora ocupaban el centro del recinto. Detrás, una gran ventana dejaba entrar la luz de la luna. Un armario de considerables dimensiones dejaba un hueco justo para que alguien se ocultara detrás. "Ahora o nunca", se dijo, pues ya el sonido de unos pasos ligeros callaban el silencio. Con presteza avanzó, no sin antes cerrar la puerta de la oficina. Rápidamente se acurrucó como pudo detrás de aquel armario. No tuvo más remedio que esperar. Pocos segundos pasaron para que oyera los pasos que corrían por el pasillo. Cruzó los dedos y contuvo la respiración, rogando que los pasos no pararan en la puerta “C”. Advirtió exasperado que su corazón latía con fuerza y, hasta pensó que eso lo delataría. Con inmenso alivio percibió que seguían de largo y doblaban por otro corredor. Era su oportunidad. Se levantó ágilmente, se acercó a la puerta y miró sigiloso hacia afuera. Como un rayo corrió hacia la escalera, y en la planta baja del edificio, con inmensa alegría y una extraña vibración de felicidad en su voz, gritó: "¡Pica para todos mis compañeros!". Cabe destacar que nunca había ganado a las escondidas.
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