No quiso dormir el hombre del barco; se sentía extenuado, pero el encanto de aquella ciudad pudo más que el sueño. Pronto se enteró, por los lugareños, en qué lugar estaba situado, y luego supo que el otoño iba ganando su lugar y las hojas se desprendían poco a poco de los árboles. Sintió enormes deseos de explorar aquel bosque que ahora veía situado en una gran loma, entonces fue dejando atrás el pueblo (que recién estaba despertando) y a paso lento y nostálgico se adentró en el bosque.
Notó con sorpresa que algunas cabañas (aunque solo unas pocas) habitaban aquel hermoso lugar, y se preguntó cómo aquella gente se las arreglaba para bajar al pueblo cada vez que lo necesitaba, siendo que los almacenes y las provisiones se encontraban siempre allí. Luego se respondió a sí mismo que si él, en un barco y en el medio del mar podía sobrevivir a tantas cosas ¿por qué esta gente no iba a poder? Y entonces, como era de esperarse, otra vez volvió la tristeza al recordar el mar, los barcos, la tragedia de la noche anterior, su capitán. Por un tiempo había olvidado aquellas penurias el hombre del barco, pero ahora los tormentos volvían y él, pese a ser un hombre fuerte, no por ello dejaba de ser sensible. Las lágrimas se agolparon en las mejillas casi queriendo salir con la misma fuerza de las cascadas del bosque. “No debería estar pasando esto” se decía una y otra vez nuestro hombre, y sin darse cuenta se adentraba más y más en la floresta.
Y entonces así fue como comenzó esta historia, pues en aquel instante, azar o destino, el hombre del barco oyó por vez primera aquella voz que lo cautivaría eternamente, y cuyo sonido quedó flotando en su mente como un encanto que nunca cesaba. Más tarde cuando intentara describir aquella voz, solo pudo articular estas palabras: “era una voz dulce y a la vez amarga, lejana y a la vez presente. Era un sonido que detiene al mundo con solo escucharlo”. Tal vez no detuvo al mundo, pero sí se puede afirmar que el hombre del barco quedó inmóvil, mudo, boquiabierto. Y nunca pudo recordar qué decía exactamente el canto de aquella voz, pues el mismo sonido fue lo que lo cautivó.
Absorto como estaba, no pudo oír los pasos que se acercaban detrás de él. Tampoco oyó la voz que lo llamaba: “¡Capitán!”, pues solo tenía oídos para un único sonido. Por tres veces tuvo que repetir el marinero para que el hombre del barco salga de sus cavilaciones, y para que al fin recordara que ahora él era el Capitán.
– ¡Capitán! Los muchachos lo andan buscando.
– Ah, si. Si. ¡Vamos!
El hombre del barco, sin embargo, no dejó de pensar en la voz que había oído. Una extraña sensación de alegría alcanzó su cuerpo, y de ahí no se movió. Una sola cosa sabía nuestro capitán: tan extraordinaria voz debía de ser de una dama.
Ya lo había decidido: visitaría el bosque nuevamente. Y muy pronto.
Hasta el próximo jueves.
