Esta es la historia de un hombre en un barco. ¿Un capitán? No, un marinero. Un simple marinero que tuvo la suerte y a su vez la desdicha de conocer y saber muchas cosas de la vida.
Pues el hombre en cuestión pasaba sus días navegando el mundo. Fiel a su querido capitán, no se había separado de él desde que tenía solo 13 años y comenzaba sus andanzas en el mar. Ahora cargaba con 30, y si bien, como ya se ha dicho, conocía gran número de fortunas y miedos, de esperanzas y honores, había algo que aún no había visto ni conocido, tocado ni sentido. Siquiera en sus sueños podía jactarse de aquel algo. El hombre del barco no conocía el amor.
Sitúese en altamar. Imagine dentro de una fragata y rodeado de agua todo a tu alrededor, una inmensidad eterna que ni en tus más oscuras pesadillas te has atrevido a imaginar. Así estaba el hombre del barco. Se mojaba, transpiraba, sentía intensos calores, crueles fríos, grandes alegrias e innumerables disgustos dentro de su nave. Pero trabajaba con pasión, pues su pasión era hacer lo que hacía. Amarrar correas, levar anclas, izar velas, tareas que en aquel tiempo era imprescindible hacer para mantener en vida a toda una tripulación, pues no contaba esta gente con los complejos aparatos que tú hoy conoces, y que le ahorran penas a muchos. En aquel tiempo todo era a pulmón.
De todos modos el hombre del barco hacía su trabajo con voluntad y precisión, y los demás lo querían y lo respetaban. Porque el hombre del barco, además de saber y conocer muchas cosas de la vida, era un hombre bueno.
Una noche había tormenta. Una tormenta como pocas se habían visto en aquella parte del mundo. La noche cerrada parecía cómplice de las olas y del viento, que rugían embravecidos. La nave se balanceaba terrible y peligrosamente, y el hombre del barco, junto con otros marineros, se mantenía en pie como podía. Pero aquí la vida de muchos corría grave peligro, pues ya se ha dicho, la tormenta arreciaba como nunca nadie (ni siquiera nuestro valiente marinero y su capitán) la había visto arreciar. ¡No era una tempestad cualquiera! No, por esto el hombre del barco mas que nunca debía mantener la calma y tomar el mando. ¿Tomar el mando? Si, tomar el mando: el capitán acababa de caer al mar en un intento por salvar a un tripulante que también sucumbía en las profundidades oceánicas.
El hombre del barco trabajaba ahora con lágrimas en los ojos. Y sin embargo no tuvo tiempo de recordar a su amado capitán más que con ese sentido llanto, pues el tiempo apremiaba y pese a que ya muchos habían caído en medio del desconcierto generalizado, él aun no deseaba morir. No, y por sobre todas las cosas, no deseaba que los que aún se mantenían con vida murieran.
Así, en el lugar del capitán, el hombre del barco dirigió a la tripulación, y logró mantenerse a flote. A modo de golpe de gracia, la nave chocó contra una gran roca y en ese momento, como si ya se diese por satisfecha, la tormenta comenzó a amainar. El viento comenzó a ceder, y la noche comenzó a aclarar.
Y como si la vida fuera una burla del destino, un tripulante gritó tierra a la vista. El barco, gravemente dañado (poco faltó para que se hundiera) encalló en el puerto. Amanecía. Aquellos afortunados que habían sobrevivido lloraron a su capitán y bajaron de su nave con lágrimas en los ojos. El hombre del barco no los siguió hasta después de un buen rato. Recordó a su capitán y amigo, su guía de conducta y su ejemplo. Lamentó la caída de aquellos que habían caído.
Amanecía. El hombre del barco pisó tierra y no imaginaba a dónde el azar o el destino lo había traído. No imaginaba las cosas extrañas que en aquel rincón del mundo le iban a suceder.
Continuará.
