Ella también lo miró. Era la primera vez que veía al hombre del barco, y su corazón dio un vuelco. Aquella dama joven, al igual que lo haría cualquier doncella de su edad, quería enamorarse. Su más deseada fantasía era encontrar al amor de su vida, y ahora, como en aquellos viejos cuentos de hadas, lo hacía con una simple mirada. Sin embargo, ella procuro disimular su mirada, no quiso que el Hombre del Barco descubriera que ella lo observaba, pues temía que este la juzgara de insolente o de niña inexperimentada. Pero nuestro hombre, lejos de pensar eso, divagaba ahora en la belleza de la mujer que estaba frente a sus ojos. Anheló vivir con ella y abrazarla hasta el día de su muerte. Por fín había conocido el Amor. El viejo gobernador lo hizo volver a la realidad: –¡Así que tu eres el valiente Capitán! –exclamó con voz grave y una sonrisa. – Eres tal como te imaginaba. Tus hazañas son dignas de ser cantadas ¡Oh, dignísimo marinero! Sin saber qué decir el hombre del barco sonrió y se inclinó en una profunda reverencia. Por fin pudo lograr que su boca se moviera, al menos levemente: – ¡Gracias sean dadas noble Señor! –entonces pudo recobrarse del estupor y logró apartar así su mirada de la dama– Yo al menos, prefiero recordar tales hazañas con tristeza, pues nuestro verdadero Capitán, a quien yo tenía un gran aprecio, ha caído en las profundidades y nunca más ha emergido al mundo de los vivos. –Hablas con gravedad, joven. He de alegar una disculpa por celebrar vuestra llegada a salvo a nosotros, pues ignoraba que el verdadero Capitán había muerto –respondió el majestuoso Gobernador, mas nuestro hombre pudo notar un centelleo extraño en sus ojos, y rostro de asombro. El viejo agregó: –A propósito, valiente Señor de los Mares, que así te llamare a partir de ahora: quisiera intercambiar algunas palabras contigo mas tarde, ¿podrás concederle a este viejo un momento? –Sería para mi un honor, Señor –ahora era el hombre del barco quien se sorprendía al escuchar al anciano.– Y si ya os han dado las gracias por la atención que mis hombres y yo estamos recibiendo, vuelvo a hacerlo yo mismo. –Yo soy, Señor de los Mares, quien debe agradecerte a ti –con estas palabras, que nadie en la sala comprendió, ni siquiera la joven y hermosa dama de quien nuestro hombre se había enamorado, el viejo Señor invitó a todos a sentarse en la larga mesa de roble situada en el centro del salón. Como es natural, ya ninguno de los dos recientes enamorados pudo apartar los ojos del otro. A cada instante las miradas se cruzaban una y otra vez, y los corazones de ambos estaban colmados de dicha (aunque sus rostros no lo expresaban), pues sabían que el otro se estaba fijando en uno. Sin embargo, también se sentían turbados: es que ninguno sabía cuando iban a verse de nuevo, cuando iban a hablar a solas por vez primera, cuando podrían declararse al fin su amor. Y, naturalmente, ni el hombre del barco ni la hija del gobernador deseaban que el almuerzo se termine. Como dos enamorados que buscan aprovechar al máximo el tiempo que pueden verse, así se sentían ambos. Y una vez mas sus miradas se volvían a cruzar, y ya no les importaba que alguno de los presentes reparara en ello. Hasta el próximo jueves.
