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A poco de andar el hombre del barco comenzó a sentir el peso de no haber
cerrado los ojos desde hacía mucho. “¿Cuándo dormí por última vez?, ni lo
recuerdo”. Poco a poco la fatiga iba ocupando un espacio cada vez mayor en su mente, mas siempre un resto de ella se llenaba con los ecos de aquella voz.
En el pueblo ya había sonado la campana que anunciaba la segunda hora desde la salida del sol. Era sábado, y en las calles el incesante ir y venir de la gente ya había comenzado, y no mermaría hasta muy entrada la noche. Nuestro hombre ya sólo sentía ganas de dormir (además de oír nuevamente aquel sonido, claro está), y no podía seguir el ritmo de los pasos de su marinero, que lo guiaba a las habitaciones.
Las habitaciones habían sido cedidas por el gobernador de la Ciudad. Un hombre noble, según supo el hombre del barco por sus subordinados, “un anciano caballero con todas las letras”. El hombre del barco supo también que el gobernador manifestó deseos de conocerlo “al honorable Capitán que no los había dejado morir”, así dijo cuando conoció el infortunio que los había arrojado a esa parte del mundo. Pues bien, nuestro hombre estaba a punto de dormir, y luego compartiría un almuerzo con el anciano caballero.
Tuvo un extraño sueño mientras dormía. Árboles que pasaban frente a él y
se tornaban amarillos, cada vez con menos hojas, como si pronto fueran a morir. Y luego aquella voz, aquel inolvidable sonido que ni en sus horas de sueño lo dejaba en paz. La sucesión de árboles corría al ritmo de la dulce voz de su dama. Y otra vez se hacía latente la tristeza, y cuando despertó el hombre del barco supo con certeza que no había errado al pensar que aquel canto cargaba con un gran pesar.
Se sintió reconfortado al despertar, a pesar de que había descansado solo tres horas, pues el tiempo pasaba y la hora del almuerzo se acercaba. Lavó su cuerpo y se cambió; se colocó sus vestiduras más formales y
una cinta negra en su brazo izquierdo en señal de luto. Cuando hubo terminado ya era todo un caballero, apuesto, alto y erguido. Cualquiera que lo viera lo hubiera confundido con un alto funcionario del gobierno de la ciudad.
Todos sus marineros estuvieron listos a las doce y media del mediodía. Tenían cita para la una en el palacio de gobierno, de modo que partieron caminando tranquilos y sin apuros. La noticia de los extranjeros naufragados había recorrido en forma de comentarios por todo el pueblo; los lugareños se sacaban el sombrero al verlos pasar y los miraban con admiración y respeto. No le costó al hombre del barco reconocer la morada del gobernador, pues estaba casi en la cima de la ciudad dominando todo el llano. Era una poderosa y esbelta torre, como sacada de un viejo cuento de hadas. La llamaban la “Torre Blanca”, y el nombre que recibía iba de acuerdo a la majestuosidad de aquella majestuosa construcción, erigida en lo alto de la montaña.
El hombre del barco y sus hombres fueron recibidos por uno de los guardias que vigilaban las puertas de la Torre. Largo trayecto debieron recorrer hasta llegar al salón del anciano gobernador. Las puertas se abrieron. Los ojos de los invitados observaron una sala amplísima, con una larga mesa en el centro. Detrás de ella una especie de trono. Y el viejo sentado allí, y se revelaba ahora ante ellos como un misterioso rey, poderoso pero generoso. Sus barbas y sus cejas espesas y su cabello blanco le daban el aspecto de alguien que no parecía ser lo que era. Un simple gobernador no era así. El hombre del barco se sintió confundido. Mas no
era al gobernador a quién miraba. El hombre del barco posaba ahora sus ojos en la dama que estaba parada sobre el lado derecho del asiento del viejo. Supo entonces de algún modo, con absoluta certeza y profunda sorpresa, que aquella doncella era la dueña del sonido que, pocas horas atrás lo había dejado maravillado.
Hasta el próximo jueves.