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El Viaje

El Viaje
–Dime que me quieres –pidió ella. –Te amo –respondió él, y por un momento sintió que vacilaba–. Te amo con todo el corazón. –Yo te amo más –dijo ella, y sonrió–. Ahora podré irme tranquila. –¿Por qué no puedes quedarte? –exclamó él y al fin no pudo más: las lágrimas se le agolparon en los ojos queriendo salir desesperadamente– ¿Por qué no hacer un esfuerzo y esperar? ¿Y por qué sonríes? –Vida mía. El destino no puede cambiarse. No me voy porque así lo elijo, sino porque así tiene que ser –y agregó, enjugándole las lagrimas:– Me voy sabiendo que te amo, me voy sintiendo que me amas ¿Qué razones entonces para no reír? ¿Qué razones encuentras para llorar? –y con esto, él lloró aún más. Pero ella insistió: –¡No llores, por favor! –No lloraré, si ese es tu deseo –y debió hacer un gran esfuerzo para no dejar caer otra lágrima. –Recuérdame con alegría –dijo ella–. Eso, al menos, es lo que haré yo, esperando nuestro reencuentro. Y piensa que a cada momento, a cada instante que pase, menos faltará para que nos volvamos a ver. Ahora bésame. Él la besó como nunca antes, y ella sintió que con aquél beso podría partir tranquila, y el corazón se le colmó de paz. Entonces dijo: –Bien, se acerca la hora de mi partida –y con gran esfuerzo agregó:–¡Te estaré esperando! Esas fueron sus últimas palabras, pues allí, acostada en aquella cama de hospital, cerró los ojos por última vez, y no vio ni oyó nada más.
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Cuando Ramiro salió de su escondite detrás del armario, esta historia ya terminaba.
Si lo encontraban era el fin. ¿Por qué lo buscaban? Una locura, pensó, "pero no me van a hallar. Nunca, si es posible". Había recorrido sin éxito los pisos de abajo, no encontrando ningún escondite seguro. Mucha luz y nada de refugio. Llegando al 4º nivel, tuvo una corazonada; bien sabido es que cuando Ramiro tenía una corazonada rara vez se equivocaba. No dudó en entrar a la puerta C. Se encontró con una elegante oficina, vacía, oscura. Un escritorio y una computadora ocupaban el centro del recinto. Detrás, una gran ventana dejaba entrar la luz de la luna. Un armario de considerables dimensiones dejaba un hueco justo para que alguien se ocultara detrás. "Ahora o nunca", se dijo, pues ya el sonido de unos pasos ligeros callaban el silencio. Con presteza avanzó, no sin antes cerrar la puerta de la oficina. Rápidamente se acurrucó como pudo detrás de aquel armario. No tuvo más remedio que esperar. Pocos segundos pasaron para que oyera los pasos que corrían por el pasillo. Cruzó los dedos y contuvo la respiración, rogando que los pasos no pararan en la puerta “C”. Advirtió exasperado que su corazón latía con fuerza y, hasta pensó que eso lo delataría. Con inmenso alivio percibió que seguían de largo y doblaban por otro corredor. Era su oportunidad. Se levantó ágilmente, se acercó a la puerta y miró sigiloso hacia afuera. Como un rayo corrió hacia la escalera, y en la planta baja del edificio, con inmensa alegría y una extraña vibración de felicidad en su voz, gritó: "¡Pica para todos mis compañeros!". Cabe destacar que nunca había ganado a las escondidas.
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Una Persona...

Hermosas lineas escritas por Ann, una persona sencillamente genial.

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Capitulo V - La Propuesta

El almuerzo terminó al fin, y lo comensales quedaron absolutamente satisfechos de la comida que habían disfrutado. l El hombre del barco cargaba con años de experiencia en la vida, y sin embargo se sentía turbado. Nervioso, ansioso, inquieto. Pues ahora conocía el amor, y lo que es más, ahora debía hablar con el viejo que tanto misterio le causaba, y la incertidumbre en verdad le pesaba. Así es que aquel país logró lo que nadie había logrado en este mundo: turbar al extraordinario hombre del barco. Los hombres del capitán se retiraron saludando y agradeciendo al anciano Señor. –Hija mía –el viejo se dirigió a la doncella– ¿Podrías tu retirarte para que tu viejo padre pueda hablar unas palabras con el Señor de los Mares? –Vuestros deseos son ordenes, padre mío –respondió la bella dama, y mirando apasionadamente una vez mas al hombre del barco, se retiró pensando si lo volvería a ver. Lo mismo se pregunto nuestro hombre, muy a su pesar. Pero había otras cosas en que poner la atención ahora. Al fin el majestuoso gobernador comenzó, y las palabras que aquí diría quedarían grabadas en el hombre del barco para siempre, y nunca las olvidaría: –Tu llegada, ¡Oh Señor de los Mares! Es una señal. Soy mucho más poderoso de lo que crees, y soy quien lleva el estandarte en esta Guerra. –¿Qué guerra Señor? Hasta donde yo se al menos, nunca en el mundo hubo tanta paz como en estos tiempos –la confusión de nuestro hombre comenzaba a hacerse notoria–. ¿Y cómo es posible que mi llegada sea una señal? –Te equivocas, muchacho, y así es como debía ser. Los grandes debemos ocuparnos de proteger al Mundo sin perturbar la paz de los seres humanos. Y tu llegada, mi señor, ha sido una señal, pues responde a los designios de una antigua leyenda que no te contaré hoy, pero vos, Señor de los Mares, vinisteis a mi, yo no os llame, pero vinisteis a mi para cumplir el Destino. Estais llamado a ser uno de los grandes Héroes de la historia, si me ayudas. “Pero esa, claro está, es tu decisión. El más valiente de los capitanes de la tierra está llamado a cumplir una misión, y el porvenir de la Tierra pende de un hilo, que es él. ¿Qué me dices, valiente Señor? El hombre del barco aun no comprendía la magnitud de lo que acababa de oír. ¿Qué guerra podía ser tan grande como para que la vida de todos los humanos esté en peligro? ¿Era él en efecto el salvador del mundo? Si algo sabía nuestro hombre en este momento, era que ya nunca desearía separarse de su nuevo, único y último amor. Pero ahora estaba ante una terrible decisión, y era evidente que todo había caído repentino como una lluvia de verano. Y el anciano, el misterioso y poderoso Señor que aun no habia revelado quién era, esperaba una respuesta.
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Capítulo IV - Muchos Encuentros

Ella también lo miró. Era la primera vez que veía al hombre del barco, y su corazón dio un vuelco. Aquella dama joven, al igual que lo haría cualquier doncella de su edad, quería enamorarse. Su más deseada fantasía era encontrar al amor de su vida, y ahora, como en aquellos viejos cuentos de hadas, lo hacía con una simple mirada. Sin embargo, ella procuro disimular su mirada, no quiso que el Hombre del Barco descubriera que ella lo observaba, pues temía que este la juzgara de insolente o de niña inexperimentada. Pero nuestro hombre, lejos de pensar eso, divagaba ahora en la belleza de la mujer que estaba frente a sus ojos. Anheló vivir con ella y abrazarla hasta el día de su muerte. Por fín había conocido el Amor. El viejo gobernador lo hizo volver a la realidad: –¡Así que tu eres el valiente Capitán! –exclamó con voz grave y una sonrisa. – Eres tal como te imaginaba. Tus hazañas son dignas de ser cantadas ¡Oh, dignísimo marinero! Sin saber qué decir el hombre del barco sonrió y se inclinó en una profunda reverencia. Por fin pudo lograr que su boca se moviera, al menos levemente: – ¡Gracias sean dadas noble Señor! –entonces pudo recobrarse del estupor y logró apartar así su mirada de la dama– Yo al menos, prefiero recordar tales hazañas con tristeza, pues nuestro verdadero Capitán, a quien yo tenía un gran aprecio, ha caído en las profundidades y nunca más ha emergido al mundo de los vivos. –Hablas con gravedad, joven. He de alegar una disculpa por celebrar vuestra llegada a salvo a nosotros, pues ignoraba que el verdadero Capitán había muerto –respondió el majestuoso Gobernador, mas nuestro hombre pudo notar un centelleo extraño en sus ojos, y rostro de asombro. El viejo agregó: –A propósito, valiente Señor de los Mares, que así te llamare a partir de ahora: quisiera intercambiar algunas palabras contigo mas tarde, ¿podrás concederle a este viejo un momento? –Sería para mi un honor, Señor –ahora era el hombre del barco quien se sorprendía al escuchar al anciano.– Y si ya os han dado las gracias por la atención que mis hombres y yo estamos recibiendo, vuelvo a hacerlo yo mismo. –Yo soy, Señor de los Mares, quien debe agradecerte a ti –con estas palabras, que nadie en la sala comprendió, ni siquiera la joven y hermosa dama de quien nuestro hombre se había enamorado, el viejo Señor invitó a todos a sentarse en la larga mesa de roble situada en el centro del salón. Como es natural, ya ninguno de los dos recientes enamorados pudo apartar los ojos del otro. A cada instante las miradas se cruzaban una y otra vez, y los corazones de ambos estaban colmados de dicha (aunque sus rostros no lo expresaban), pues sabían que el otro se estaba fijando en uno. Sin embargo, también se sentían turbados: es que ninguno sabía cuando iban a verse de nuevo, cuando iban a hablar a solas por vez primera, cuando podrían declararse al fin su amor. Y, naturalmente, ni el hombre del barco ni la hija del gobernador deseaban que el almuerzo se termine. Como dos enamorados que buscan aprovechar al máximo el tiempo que pueden verse, así se sentían ambos. Y una vez mas sus miradas se volvían a cruzar, y ya no les importaba que alguno de los presentes reparara en ello. Hasta el próximo jueves.
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Capítulo III - El Gobernador nos trae una sorpresa.

A poco de andar el hombre del barco comenzó a sentir el peso de no haber cerrado los ojos desde hacía mucho. “¿Cuándo dormí por última vez?, ni lo recuerdo”. Poco a poco la fatiga iba ocupando un espacio cada vez mayor en su mente, mas siempre un resto de ella se llenaba con los ecos de aquella voz. En el pueblo ya había sonado la campana que anunciaba la segunda hora desde la salida del sol. Era sábado, y en las calles el incesante ir y venir de la gente ya había comenzado, y no mermaría hasta muy entrada la noche. Nuestro hombre ya sólo sentía ganas de dormir (además de oír nuevamente aquel sonido, claro está), y no podía seguir el ritmo de los pasos de su marinero, que lo guiaba a las habitaciones. Las habitaciones habían sido cedidas por el gobernador de la Ciudad. Un hombre noble, según supo el hombre del barco por sus subordinados, “un anciano caballero con todas las letras”. El hombre del barco supo también que el gobernador manifestó deseos de conocerlo “al honorable Capitán que no los había dejado morir”, así dijo cuando conoció el infortunio que los había arrojado a esa parte del mundo. Pues bien, nuestro hombre estaba a punto de dormir, y luego compartiría un almuerzo con el anciano caballero. Tuvo un extraño sueño mientras dormía. Árboles que pasaban frente a él y se tornaban amarillos, cada vez con menos hojas, como si pronto fueran a morir. Y luego aquella voz, aquel inolvidable sonido que ni en sus horas de sueño lo dejaba en paz. La sucesión de árboles corría al ritmo de la dulce voz de su dama. Y otra vez se hacía latente la tristeza, y cuando despertó el hombre del barco supo con certeza que no había errado al pensar que aquel canto cargaba con un gran pesar. Se sintió reconfortado al despertar, a pesar de que había descansado solo tres horas, pues el tiempo pasaba y la hora del almuerzo se acercaba. Lavó su cuerpo y se cambió; se colocó sus vestiduras más formales y una cinta negra en su brazo izquierdo en señal de luto. Cuando hubo terminado ya era todo un caballero, apuesto, alto y erguido. Cualquiera que lo viera lo hubiera confundido con un alto funcionario del gobierno de la ciudad. Todos sus marineros estuvieron listos a las doce y media del mediodía. Tenían cita para la una en el palacio de gobierno, de modo que partieron caminando tranquilos y sin apuros. La noticia de los extranjeros naufragados había recorrido en forma de comentarios por todo el pueblo; los lugareños se sacaban el sombrero al verlos pasar y los miraban con admiración y respeto. No le costó al hombre del barco reconocer la morada del gobernador, pues estaba casi en la cima de la ciudad dominando todo el llano. Era una poderosa y esbelta torre, como sacada de un viejo cuento de hadas. La llamaban la “Torre Blanca”, y el nombre que recibía iba de acuerdo a la majestuosidad de aquella majestuosa construcción, erigida en lo alto de la montaña. El hombre del barco y sus hombres fueron recibidos por uno de los guardias que vigilaban las puertas de la Torre. Largo trayecto debieron recorrer hasta llegar al salón del anciano gobernador. Las puertas se abrieron. Los ojos de los invitados observaron una sala amplísima, con una larga mesa en el centro. Detrás de ella una especie de trono. Y el viejo sentado allí, y se revelaba ahora ante ellos como un misterioso rey, poderoso pero generoso. Sus barbas y sus cejas espesas y su cabello blanco le daban el aspecto de alguien que no parecía ser lo que era. Un simple gobernador no era así. El hombre del barco se sintió confundido. Mas no era al gobernador a quién miraba. El hombre del barco posaba ahora sus ojos en la dama que estaba parada sobre el lado derecho del asiento del viejo. Supo entonces de algún modo, con absoluta certeza y profunda sorpresa, que aquella doncella era la dueña del sonido que, pocas horas atrás lo había dejado maravillado.
Hasta el próximo jueves.
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El escritor que llevas dentro.

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Un cuento corto

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